sábado, 24 de septiembre de 2011

El perdón y nuestro cerebro

EL PERDÓN Y NUESTRO CEREBRO
Tácticas prácticas de los neuro-descubrimientos de la Dra. Ellen Weber

El cerebro al perdonar

La mayoría de las personas han sido impactadas por juzgamientos que las llevan a incluso cuestionarse su propia misión en la vida. Y no muchos encuentran en las amígdalas mentales herramientas para perdonar y seguir adelante.

Mucho más allá de los juicios severos o las palabras que te dejan sintiéndote como una babosa en un terreno resbaladizo, se encuentra la capacidad del cerebro para abrazar una verdadera reconciliación.

Ciertamente, tu cerebro viene con el equipo que da paso a la paz y recaptura la gratitud, la esperanza y la alegría. Sin embargo, perdonar no es fácil y tiene poco que ver con defenderte mostrando tu lado de la historia.

El perdón, literalmente, cambia las conexiones del cerebro. Lleva de la infelicidad de una promesa rota, a un estado de salud que construye nuevos caminos neuronales físicos, emocionales y espirituales de bienestar.

¿Cómo perdona el cerebro?
Desde la perspectiva del cerebro, el perdón requiere de mucho más que simplemente dejar ir. Requiere de decisiones deliberadas para moverse más allá del juicio de otra persona sobre ti. Si reemplazas una situación que te ha producido tristeza o decepción con, por ejemplo, recuerdos de los acontecimientos que alimentan la sanidad, tu cerebro cambia el foco.

La voluntad de renunciar a cualquier necesidad de culpar al otro, disminuye tu necesidad de explicar tu punto de vista. El cerebro perdona con el compromiso de entender la otra cara, de sentir empatía por otros, o de recuperar la compasión por una persona que te hizo daño pero que te importa.

El evento que primero causó el conflicto, no puede cambiar, pero el perdón da paso a la empatía, la compasión o el cuidado hacia la otra persona. El perdón diseña rutas mentales de escape de tus pensamientos –que de otra manera podrían ser confinados a nidos de desconfianza o miedo.

Rara vez el perdón abre los ojos del otro, para que vea el valor de tu interior. Ni tampoco valida las palabras hirientes o los actos crueles. Excusar o exonerar ni siquiera es para reprimir los juicios severos. Simplemente, te añade una paz que te permite seguir adelante, para abrazar tu misión con nueva complacencia.

Los cerebros que perdonan generan amor incondicional. ¿Cómo es eso? Hablan del valor real de otro, en lugar de estar repitiendo los dardos de la decepción –y el dolor desaparece como las nubes en un día soleado.

El perdón produce beneficios mentales
Una forma de dejar de lado lo que duele es reemplazar los rencores con generosidad o benevolencia. Haz a la bondad más importante que la hostilidad. Desarrollar gestos de atención y cuidado hacia los demás reconfigura el modo de víctima de tu cerebro, en hábitos que programan relaciones sanas.

No todo el mundo valorará tus puntos fuertes y es probable que aquellos que más amas vean tus defectos en primer lugar. A pesar de eso, convierte la compasión en una práctica cotidiana, demostrando atención, y luego sólo espera el bienestar que le seguirá. El estrés proviene de la hostilidad –y aunque se le llame de distintas maneras, el estrés comprime el cerebro y la ansiedad drena la vida mental.

El perdón, por el contrario, conduce a:

            a) Relaciones sanas donde los otros ven que los esfuerzos para traer paz son más grandes que la ganancia personal.
            b) Menos pozos de soledad y picos más altos de bienestar, espirituales y psicológicos.
            c) Amistades libres de estrés que dejan de lado las hostilidades al ceder los deseos personales en pos de la armonía compartida.
            d) Menos riesgos asociados con la depresión, el estrés y el consecuente abuso de sustancias.

El cerebro que guarda rencor o agravios se lentifica a la velocidad de una babosa

Cuando te hieren personas en quienes confías y amas, tu cerebro se desliza hacia la confusión y lo que tiende a seguir es la tristeza. Si reproduces la situación o te quedas en esos escenarios dolorosos, los sentimientos negativos comienzan a desplazar a las posibilidades y es probable que se ahoguen en un sentimiento de injusticia. Los ganglios basales del cerebro almacenan todas las reacciones a las decepciones graves. Y si son negativas o amargas, estas reacciones limitan tus posibilidades de encontrar bienestar en situaciones similares.

Las ondas cerebrales se lentifican hasta detenerse y los suministros de serotonina disminuyen bajo el peso excesivo del resentimiento. Con el tiempo, los sentimientos de enojo, tristeza o rencor pueden robar tu alegría o bienestar, ya que pueden constituir un motor que impulse el comportamiento. Si te encuentras con frecuencia ahogado en un sentimiento de injusticia o de amarga decepción, puedes crear un patrón de amargura. Esa toxicidad te seguirá en nuevas relaciones y el costo tiende a ser mucho más alto que el dolor de la decepción original. Tus acciones se ven teñidas por la sensación de pérdida, de modo que pierdes de vista tu capacidad de disfrutar el presente.

La depresión y la ansiedad brotan de la incapacidad de perdonar. Comienzas a sentir que tu vida no significa nada para los que amas, y sientes que estás a contramano de todo lo que más valoras. Si esto no se controla, comienzas a perder las conexiones inmediatas con los que más te interesan.

¿Qué hace el cerebro con el perdón?
Perdonar es elegir el cambio y la gracia a pesar de los conflictos o las acusaciones encontradas. El primer estadío del perdón es la conciencia de que perdonar es por lejos, mucho más grandioso que la necesidad de tener razón. Por lo general, esto tiene que ver con tus reacciones de calma frente a los conflictos en lugar de querer ganar terreno en una situación difícil.

El perdón se mide en salud y bienestar –a pesar de las injusticias y las decepciones. Perdonar a alguien que te juzga o te hiere es rechazar el papel de víctima y liberar un nuevo circuito químico y eléctrico para dejar ir los rencores. Una vez que traspones las vallas de la ira o el dolor pasados, a menudo te encuentras listo para atravesar nuevas puertas de compasión y comprensión hacia los que se enfrentan a la injusticia.

Si demandas justicia como una puerta hacia el bienestar, es probable que te resulte más difícil perdonar a aquellos que no ven el problema ni admiten el dolor que causó. Si valoras a una persona profundamente, perdonarla es probablemente más difícil debido a que tu amígdala cerebral almacena la memoria y tu mente repite cada herida. Para poder avanzar es necesario tener el más fuerte deseo de integridad, paz y bienestar.

Puedes percibir el perdón si ya no sientes estrés o tensión en presencia de esa persona. Ya no necesitas que te entiendan, como Khalil Gibrand señaló: “Si amas a alguien, déjale ir, porque si vuelve, siempre fue tuyo. Y si no, nunca lo fue”.

Aquí es donde una mente abierta ayuda y no depende de que la otra persona sienta remordimiento o comparta tu dolor. Te ayuda a reconocer tus propios errores y a tratar a los demás como si caminaras en sus zapatos. El cerebro responde con compasión, cuidado e interés cuando el perdón estima a los demás de tal modo que toda la comunidad prospera.

¿Vale la pena el intento por tu bienestar?



(Traducción: Cecilia Larrosa)

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